Cura para el aburrimiento: “TV Addicts” en el Taller Secreto

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Fotos por Jonathan Ríos.

“Nuestro único mal ha sido el aburrimiento, y la televisión nos dio la cura. Ya no hay más necesidad de aventurar entre las masas hacia el cine, concierto o cámara gubernamental para un show, el espectáculo llega a nuestro hogar. Tenemos una multiplicidad de programas y variaciones al alcance de nuestro pulgar. Tanto poder debería ser pornográfico (sí, esto también está a nuestro alcance). La televisión penetra nuestra intimidad, como tal amante ingrato, y nos presenta la fantasía de la libertad. No es qué vemos, sino cuánto vemos. Hemos llegado a la perfección del deseo, hemos llegado al vicio.” — texto del autor sobre la exhibición TV Addicts.

Siempre es raro enfrentarse con sus propias palabras y mucho más si son sobre imágenes. En un segundo piso en una de las cuadras del Paseo de Diego en Río Piedras, en una de las muchas paredes y losetas del Taller Secreto se encuentran estas imágenes. Imágenes de ficciones familiares, imágenes sobre una serie de imágenes que en su orden dictan la forma de show. Como en la televisión, estas imágenes hablan, comunican y desarrollan una trama y las tribulaciones de sus personajes. Ahora quedan solo reflejos de éstos: inmóviles y silenciosos. Javi Matura estaba organizando la expo (con la ayuda de Mimi Beale)  y me había llamado para cerrar esta brecha con un texto. Tenía miedo que las palabras dominaran el espacio, pero siempre son éstas que terminan dominadas por las imágenes.

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La exhibición asume un formato de programa antológico. Cada pieza es inspirada por el universo del programa predilecto. El espectador se mueve entre escenas, como una especie de channel surfing a su discreción, para escoger entre sus programas de fantasia, drama, acción y comedia favoritos. De Game of Thrones a X-Files, Stranger Things a The Wire, el televidente encontrará obras que apacigüen temporeramente su vicio por el programa.  No todo es fiebre por productos del imperio: la inclusión de figuras de la televisión local, como Papo Swing (Sama) y Minga y Petraca (Adrián Martínez) establece una continuidad entre la televisión sindicada y la colonial. Esta reconciliación no es necesariamente una muestra de resistencia cultural, sino algo grotesco. Por más pretensiones que tenga la televisión para reinventar el medio o llegar a nuevos estándares “artísticos” y “literarios,” siempre habrá una producción y una programación que prefigure su propio bathos.  Por cada destino truncado de un Dale Cooper que manifieste la perseverancia y nervios de todo lo que es bueno en un ser humano, habrá un Guitarreño que represente todo lo que es canalla, grosero, racista, homofóbico y misógino de una cultura. No somos eximidos, también somos capaces de crear basura.

 

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El éxito de TV Addicts recae en dos cosas: nuestra insatisfacción y nuestra obsesión con el programa. Ningún show es demasiado corto y rara es la vez que su conclusión nos trae cierre. Nos sentimos engañados por sus ofertas de más capítulos, más vueltas, de más tiempo. Obsesionamos porque parece mentira que una duración llegue a su final.  Quizás ambas tensiones empujan a los artistas a reimaginar los programas y seducen a los fans para otro vistazos. Nunca es suficiente el tiempo que estos programas nos han blindado.

Ciertamente hay obras que resaltan de la exhibición y generalmente son esas que no se limitan a traducir de manera fidedigna la imagen del medio de televisión al de dibujo o pintura. Cuelgan las camisas de The Adventures of Pete and Pete por Uziel Orlandi como los fantasmas de mi juventud Nickelodeon, al igual que una mesa de “pies” de Laura Sofía Pérez inspirados por Twin Peaks, un tipo de invitación metafísica para entrar dentro de reino simbólico de la televisión. Pienso sobre la pieza de Anaïs Melero Pinette basada en Westworld y como se estira de un lado de la pared al otro como un acordeón, como una cinta de celuloide, como si fuese los frames que componen un instante del programa. Más y más la exhibición asume el orden del medio que imita. No es tanto qué imágenes consumimos, sino más bien reinventar como las consumimos.

El panorama mediático ha cambiado: ya no hay un gran espectáculo televisado que asegure el water-cooler talk de la semana. Ya no hay un imperio, sino tribus en busca del próximo fetiche. Culto sería más apropiado supongo. Habrá algo para todo tipo de gusto televisado y esto es la fuerza de la exhibición colectiva: una cura para diferentes gustos. A resumidas cuentas, mi recomendación para esta exhibición es la misma para cualquier otra inquietud de la vida: si no te gusta el programa, cambia el canal.

La exhibición TV Addicts estará en el Taller Secreto hasta el miércoles, 9 de noviembre. 

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