Agencia en la ciudad: el doble paso

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La evolución del dembow, o sea, el ritmo que sirve de base para canciones de reggaetón, no ha cambiado mucho al pasar de los años. Pero si partimos del hecho de que la música urbana surge mayormente dentro de sectores marginalizados, no debe sorprender que la influencia dominicana ha logrado variar un poco la rama del reggaetón, tanto que se ha posicionado como un género propio. El doble paso no es solo la última manifestación del reggaetón, también es una que refleja una integración y agencia cultural por parte de la segunda y hasta tercera generación de inmigrantes dominicanos en Puerto Rico.

La mayoría de estas canciones son remezclas de canciones de underground y reggaetón de mediados de los 90, las cuales en sí son remezclas de ritmos y canciones del dancehall jamaiquino de finales de los 80 y principio de los 90. Por lo tanto, el doble paso no solo continúa una tradición puertorriqueña en su método de apropiación musical, también demuestran el impacto e influencia en la cultura popular por parte de la comunidad dominicana en la ciudad, la cual se apropia de elementos en su entorno para establecer una agencia propia.

Aunque su ritmo se mantiene básicamente igual que al del reggaetón, lo que lo distingue es su repente paso acelerado, un corte esporádicamente posicionado entre medio del ritmo de reggaetón “tradicional”. Este corte se logra al “tapiar” el botón del drum machine hasta llegar al drop, similar al de la música electrónica, como el EDM y dubstep. Dicho drop es quizás lo que atrae al joven dominicano, ya que aparte de seguir un método sumamente popular en la música electrónica, uno puede apreciar una cierta semejanza en la repetición del drum machine al paso acelerado del perico ripiao y el merengue.

Es aquí donde se nota la particularidad de estas canciones, la presencia, o aura de un ritmo autóctono dominicano dentro de la música popular puertorriqueña. Aunque han habido canciones de reggaetón que han fusionado géneros musicales dominicanos como la bachata, realmente no se les han considerado como un género propio, como quizás se le considera al doble paso. La diferencia es que estas canciones, al basarse en temas y ritmos del underground de los 90 y no del reggaetón radio friendly de principios de los 2000, suelen ser más crudas y hasta un poco más “sucias” en su actitud de joda y temas altamente sexuales que sus precedentes. Basta decir que éstas son sumamente popular dentro de la juventud dominicana, más son lo que suelen sonar en las discos nocturnas del área metro, en especial las de Puerto Nuevo y Hato Rey.

Hablando de la disco, otra particularidad de dicho ritmo es como parece hacer al bailador perder un poco su compostura en el perreo. Si pensaban que el perreo ya de por sí sugiere al acto sexual, el doble paso lo lleva al extremo. Veamos una pequeña demostración:

Como pudieron notar, el ritmo del perreo sigue más o menos normal durante la canción, hasta que llega al drop. Aquí es donde el “mete y saca” (perdón, pero no sé cómo más describirlo) parece ascender la sugestión sexual en el baile, hasta llegar a una simulación aparentemente mucho más explícita. Como el daggering jamaiquino (bueno, quizás no tan extremo), no considero la simulación de tal baile como una basada en un acto sexual realista. Todo lo contrario, esta sugiere un acto híper-sexual: una simulación basada más en fantasías sexuales, como por ejemplo, las que se ven en películas porno. Si alguien lleva el baile del doble paso a la cama, hay una gran probabilidad de que termine herido.

En el caso de Jamaica, por ejemplo, el gobierno sintió la necesidad de educar a la población sobre la posibilidad de sufrir lesiones serias si uno aplica este baile al acto sexual.  No hace falta tener mucho sentido común para darse cuenta que dicha manera de tener sexo no es para todo el mundo. Simular el rough sex en el perreo es solo una reacción entendible en seguir un ritmo acelerado dentro de un baile ya sexualmente sugestivo. Por lo tanto, el “híper-perreo” solo se puede disfrutar plenamente por medio del baile, y no por el acto sexual en sí.

El doble paso parece haber despertado un nuevo escrutinio hacia la “juventud perdida” por parte del conservadurismo cultural. Pero estos cuestionamientos moralistas siempre han existido y existirán, especialmente en una ciudadanía tan conservadora como la puertorriqueña. Lo que deberíamos por lo menos apreciar es la agencia e intercambio cultural por parte del inmigrante ya establecido en Puerto Rico, especialmente el que vive en la ciudad. Las convergencias culturales son las que enriquecen una cultura de ciudad, especialmente las que salen de la clase trabajadora, como la dominicana aquí en San Juan.   

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