El porqué MECA tiene todo el sentido del mundo

MECA, significando MErcado CAribeño, aparentemente no tiene ningún problema llamándose lo que todas las ferias de arte del planeta rehúsan llamarse; un “mercado”. 

Pero si contamos con la historicidad del Caribe, el lenguaje, al igual que el enfoque de MECA en presentar galerías emergentes y alternas, para nada se vio el ambiente impersonal, smug y blando asociado con otras ferias internacionales de arte. Quizás fue el hecho que se llevó a cabo en un hermoso edificio centenario en Santurce, pero MECA capturó la autenticidad y multiculturalidad de un mercado de verdad; como si fuese la plaza del mercado de tu pueblo favorito, pero con islas del Caribe actuando como agricultores del área, elegantemente demostrando el mejor arte que puedan ofrecer. 

En MECA, la palabra “mercado” para nada debe leerse bajo un lente irónico, ya que las galerías envueltas en su mayoría cumplieron con ilustrar la regionalidad e identidad del Caribe y su diáspora en EEUU. Su posición geográfica y siglas en español, la absuelve de cualquier significado sardónico. O sea, si fuese a llamarse “mercado” en siglas en inglés, por ejemplo, quizás para apelar a coleccionistas gringos, sería too much. Nadie quisiera admitir estar yendo al art market para comprar sus obras de miles y miles de dólares, como si estuvieran un sábado por Whole Foods cerca de su apartamento en Central Park West …“Ugh, how uncouth.” Por alguna razón le llaman art fair y no art market.  MECA resignifica el estigma que tiene el mundo del arte en llamarse “mercado”.

He aquí la particularidad de MECA; el Caribe es y siempre ha sido un lugar donde se trata todo tipo de mercados, desde tiempos de la conquista y hasta antes. Somos un conglomerado de islas, todas con sus respectivos puertos, donde mercadear es lo que siempre hemos hecho… claro, gran parte de nuestros 500 años han sido para beneficio de diferentes imperios, haciendo y deshaciendo en nombre de dinero y poder. Esto de llamar “mercado” a una feria de arte en Puerto Rico junto a otras islas adyacentes, lo hace una apropiación cariñosa de aquello que desde siempre nos ha y continúa jodiendo la existencia aquí en el Caribe: el mercado imperialista. Parecido a como los negros americanos se apropiaron de la palabra n**ga, el Caribe, siendo argumentativamente el lugar más históricamente azotado por el mercado colonial, es el único lugar que puede tener una feria de arte con la palabra “mercado” en su nombre.    

En Puerto Rico, cuya deuda pública ha infectado como la peste la calidad de vida de nuestros habitantes, más contando con nuestra larga y complicada historia con el colonialismo y su mercado, hemos ganado, como caribeños, el derecho de llamarle “mercado” a nuestra feria de arte, sin sonar craso, o de mal gusto. El hecho que MECA ha sido de los pocos intentos donde un mercado asociado con el “gran valor” surge exclusivamente por la iniciativa mediante alianzas de artistas y curadores de la escena local de arte del país, hace que su feria de arte suene digna en tener “mercado” como su nombre.

Debería admitir que gracias a esta última observación, entré a la feria con cierto titubeo. ¿Por qué el sentir local de siempre tener que emular al “gran valor”? ¿Por qué Miami siempre es la fuente de inspiración para la cultura artística mainstream en Puerto Rico?

 Al entrar físicamente al campus del Conservatorio de Música de Puerto Rico, donde se llevó a cabo la feria, con sus paredes centenarias y salas modernas, cambió mi perspectiva casi instantáneamente. Caí en cuenta que no estaba en el Centro de Convenciones, como lo fue el último intento en hacer una feria internacional de arte en Puerto Rico. Estaba dentro de un edificio donde se enseña lo que más el mundo reconoce de nosotros cuando hablamos de cultura (corillo, una canción de Luis Fonsi es la #1 en E.E.UU ahora mismo).

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No puedo recalcar más lo cómodo que fue tener una feria de arte en el Conservatorio. El aura de un edificio de cientos de años restaurado para el aprendizaje, funciona mucho mejor para una feria de arte que el que se usa para convenciones de carros e inversionistas buscando presas fáciles. Se sintió sumamente ameno el ambiente, nada de bullicio, pasarelas orgánicas o pariseo (el pari realmente fue después, en espacios y galerías “Satélites” por el área). Aparte de coleccionistas y gente extranjera, vi muchas familias jóvenes, muchos chamaquitos y chamaquitas corriendo por ahí, viendo y hasta jugando con el arte. Se sintió que estábamos en un centro cultural institucional, más que un alarde de chavos y pretensión carifresca.         

 

Tropicaleo reconstructivo

La pluralidad de métodos y temas de las obras fue sumamente refrescante. Muy poco tropicaleo irónico, como se ha dejado caracterizar el arte en Puerto Rico durante los pasados años. En vez, hubo obras acercándose más a lo que llamaría tropicaleo reconstructivo; entiéndase dejar al lado el imaginario y perspectiva del colonizador. Como si estuviésemos en un mundo postapocalíptico donde tenemos que retornar a nuestra tierra y espacio después de una catástrofe, para así reconstruir los remanentes de la colonia.

Por ejemplo, las piezas en la sala de FADS, titulada “Out of Space”, nos muestra las ruinas del colonialismo mediante la reconceptualización de su arquitectura colonial. Ésta nos muestra un ensamblado de ladrillos picados en bloquecitos de color azul adoquín tiradas en el suelo, cada con una imagen inscrita de una hormiga. La alegoría sobre las ruinas que dejó el colonialismo, y su visión de reconstrucción después del coloniaje por la fuerza de muchos (las hormigas) entonces se hace aparente.

Pero fueron las pinturas que rodearon los bloquecitos lo que realmente dejó saber lo desalentador que puede ser el colonialismo, convenciendonos de su presencia críptica en nuestros espacios. Éstas nos enseñan lo que parece ser casas coloniales abandonadas, cubiertas de la usual flora urbana que acapara estructuras en desuso. Su método impresionista hace que estas “ruinas” deleiten un aura de aparición fantasmagórica, pero para nada tétrica o mucho menos romántica. Son más como un retrato emocional de nuestro entorno arquitectónico, donde la naturaleza, tan descabellada como heróica, entierra como puede estos signos de propiedad colonial.

Por otro lado, el proyecto titulado “Localidad Alterna” por parte de las artistas Frances Gallardo y Andria Morales, curada por Sofía Reeser del Río, nos enseñan la habilidad que tenemos ahora en el siglo XXI de usar la tecnología moderna para jugar con discursos postcoloniales, como la retoma de espacios e identidad.

Las piezas de Morales, cubos azules con una tarjeta de seguro social estadounidense impresa a su lateral, desglosa el debacle de identidad para los puertorriqueños. Los cubos, tan gruesos como patentes, “flotando” en la pared, aparenta cierta tangibilidad y seguridad. Pero al éstas ser creados por un 3D printer, nos comenta sobre la reproducción objetificada de la ciudadanía estadounidense para los puertorriqueños; una simulación fabricada que tomamos como el gran catalítico de nuestra identidad.

Su uso del 3D printer también nos sitúa en nuestro tiempo histórico, tan prometedor como fatalista. Uno donde narrativas dominantes de siglos pasados, como el colonialismo, son apropiadas por mecanismos del siglo XXI, para deconstruir las mismas.

La obra de Gallardo también tuvo que ver con identidad, pero más por la simulación de entorno, la de emular la simetría en una catástrofe natural.

Este huracán de enjambre, de lo que parecen ser mosquitos y majes como en formación colectiva de ataque, fue la pieza más imponente que vi. Me acordó al horror de estar en la playa en Piñones sin Off! después de las seis de la tarde. Como quiera, aparte de eso, el enjambre encajó perfectamente con la temática alegórica del poder de los insectos, como las hormigas en bloquecitos, pero mucho más agresiva. Recordándonos que todavía no podemos bajar la guardia, que podemos ser muchos, y bien jodones.

 

Al uno acercarse al mural, la sombra que emitía la luz en contra de cada alfil con su mosquito, desglosó un patrón geométrico preciso. De hecho, me cuenta la artista que logró el efecto del ciclón basándose en cálculos geométricos, y que cada pedacito de material fue picado a laser. Ilustrar la geometría dentro de la naturaleza no debe ser nada fácil, lo cual hace la meticulosidad de la obra mucho más impresionante.       

“Localidad alterna” entonces parece yuxtaponer las dos grandes vertientes de nuestro entorno; la ciudad y la naturaleza. A pesar que ambas artistas son puertorriqueñas viviendo en Nueva York, nos demuestran no una perspectiva nostálgica y pasiva, pero más bien una optimista y activa, mucho más pertinente dentro de nuestra percepción subjetiva aquí en la isla. Al utilizar la más alta tecnología como su método de ilustración, el proyecto nos recuerda que el colonialismo no puede aguantar las ruedas del progreso, tanto el tecnológico como el mental. Las obras de Gallardo y Morales toman ese mismo impulso tecnológico para comentar sobre la retoma de identidades y espacios usurpados por el colonialismo. El proyecto junta ambas narrativas, tanto en nuestro presente como en el pasado, para así crear un nuevo presente (alterno) mediante el uso de mecanismos “del futuro”.  

Obras que, aparte de ser estéticamente hermosas, produzcan diálogos tan pertinentes como lo hicieron Gallardo y Morales al igual que el conjunto FADS, hicieron que MECA presentará  una muestra sólida de arte en un país que está pasando por un momento histórico muy particular. En su totalidad, al igual que el resto de las exhibiciones por parte de galerías puertorriqueñas, lo exhibido en MECA siguió por esa misma línea, el demostrar arte un poco más auténtico, regional y subjetivo, que quizás lo que suele salir de otras ferias. ¿Se conocerá MECA, una feria de arte en Puerto Rico, como la feria más woke de arte internacional?     

Muy pocas veces se ve una gestión que establezca el Caribe como una región unificada, especialmente dentro del mundo del arte. La inauguración de la primera feria de arte internacional en Puerto Rico en muchos años, nos demostró una reclamación caribeña frente al contexto de la usual “feria” de arte, así estableciendo un parámetro idea para lo que puede significar un mercado propio de arte internacional. Y si nos dejáramos llevar por la cobertura mediática que este festival ya ha causado, me imagino que más galerías internacionales, eventualmente, querrán ser parte de un MERCADO de arte .

 

 

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