En mi Viejo Río Piedras : Asuntos Efímeros en el Paseo de Diego

fotos por Carlos Sorlac Motta

Desde que tengo uso de razón, en la casa de mi papá siempre ha habido una serigrafía con la letra del “Spanglish National Anthem” del reverendo Pedro Pietri. De chiquita, lo miraba y lo releía una y otra vez, encontrándolo por momentos gracioso y por otros momentos intolerablemente triste. Durante mucho tiempo, cada vez que escuchaba “En mi viejo San Juan”, mi cabeza intercalaba a la letra subversiva con la original, como si fuera el himno revolucionario de Lola Rodríguez de Tió, enfrentado al oficial, del asturiano Manuel Fernández Juncos.

El pasado 23 de febrero, durante el Jueves de Río Piedras, me encontré de nuevo con los viejos versos. En “Mucho de nada”, una obra/performance ocurrida en el Paseo de Diego como parte del grupo Asuntos Efímeros, empezaron a sonar los acordes clásicos, y de la boca del CANTANTE X, la letra del Reverendo Pietri.

A mi alrededor, hubo risas que, supongo, disfrutaban perversamente la subversión de la letra de este himno alternativo, convirtiéndolo en un grito bilingüe contra el racismo, la pobreza y las deudas sempiternas, recontextualizando a la letra original de Noel Estrada y ampliándola. Con cada verso, el grupo de estudiantes darks, hipsters y hippies entre los que me encontraba estaban más y más encantados, celebrando y repitiendo el estribillo, “I know, I know”. Donde “En mi Viejo San Juan” hay sólo melancolía por el exilio y nostalgia por la patria, sin embargo, Pietri inserta el comentario social acérrimo y concreto:

 

En my Viejo San Juan
They raise the price of pan
So I fly to Manhattan.
It was there that I swear
Everyone took welfare
Especially the Latins!

In Spanish there were bills
In English there were bills
That just kept getting bigger.
Categorized as hicks
We were called dirty spicks
Blanco trash and black niggers


Pocas personas conocían mejor los trajines del inmigrante que el ponceño Pietri. Criado en Manhattan, al regresar de servicio militar en Vietnam, se unió por un tiempito a los Young Lords, una especie de Black Panthers criollos que abogaban por las mismas ideas revolucionarias: igualdad, respeto, dignidad. Allí conoció a Eddie Figueroa, quien luego de quedar decepcionado por la falta de compromiso cultural de los Lords, fundó en el ‘76 al New Rican Village en el Lower East Side.

El New Rican Village fue un espacio híbrido, dedicado al performance, al teatro, a la música, y a la búsqueda de las identidades y las mitologías colectivas que pudieran conformar a la nueva puertorriqueñidad, fuera  de las heridas profundas y los rígidos parámetros del coloniaje. Esto era la generación de adultos que habían sido niños durante la Gran Migración Puertorriqueña, y entre los Last Poets, el Nuyorican Poets Café, y los grupos de resistencia revolucionaria como la FALN y el Weather Underground, los Nuyores en los 70s eran un hervidero de la contracultura. En ese ambiente y en esos espacios fue que se curtieron Miriam Colón del Puerto Rican Traveling Theater, Jerry González, el Conjunto Libre de Manny Oquendo, y por supuesto, Pedro Pietri.

No había pensado en ese texto desde hace años. Era sólo parte del paisaje de las paredes de mi papá, como los carteles de Martorell o Quijano. Escucharlo de vuelta en el Paseo de Diego, (que otrora fuera un bullicioso centro comercial y ahora es tierra de nadie, a pesar de los laudables esfuerzos por lugares independientes como el Taller Secreto, Club 77, y Mondo Bizarro), fue inesperado pero lógico. ¿Qué mejor momento que ahora para rescatar al poeta laureado de la brega Nuyorican?

Vivimos la más masiva ola migratoria de puertorriqueños a los EEUU, superando el primer gran éxodo de los años 50. A partir del 2013, había más boricuas allá que acá; 5.1 vs 3.5 millones en la isla. Entre Nueva York, Florida, Pennsylvania, Nueva Jersey y Massachusetts, los boricuas estamos que hacemos orilla, y el canto de Pietri a la puertorriqueñidad en el exilio es más relevante que nunca. ¿O lo es verdaderamente? ¿La experiencia bilingüe, enrevesada, y jodidamente paupérrima de la vieja diáspora en Nueva York, con el corazón atado de nostalgias puertorriqueñas y los pies plantados en la tierra del continente, es equiparable a la historia de estos nuevos inmigrantes?

No digo que los tiempos pasados fueran siempre peores, pero todos mis conocidos que se han ido pertenecen a la llamada generación de millenials. Los que nos encontramos en una relación amor/odio muy boricua con los EEUU: estudiamos allá o vivimos allá por un tiempo, hablamos en spanglish aunque sea con acento, vemos películas y tele en inglés sin necesidad de subtítulos, nos interesamos por Bernie Sanders y Ruth Bader Ginsberg, y en el fondo, somos profunda e irreversiblemente híbridos.

Claro, no es para más. Supongo que sonará reduccionista, que dudo de la universalidad, y que probablemente niego la experiencia de montones de otros inmigrantes, de las familias y los trabajadores de cuello azul…pero es que esa realidad, francamente, la encuentro muy lejana. Ese inmigrante clase trabajadora nos es como un ente foráneo con el cual podemos sentir simpatía y comprensión, pero de la que mira desde afuera, no de la empatía que siente en carne propia. Sólo puedo plantear la pregunta, presentar la posibilidad de que seleccionar textos sobre esa otra diáspora es interesante principalmente desde una perspectiva histórica, y que capaz no nos presenta un espejo.

Independientemente de eso, lo que viene al caso es que la actriz, Sugeily Rodríguez Lebrón, nos dió una interpretación magnífica de las palabras de Pietri: valiente, profunda, con mucho garbo. Recitó parte del Obituario Puertorriqueño, también de Pietri, lo cual se sintió por un momento que estábamos en alguna de las funciones del Puerto Rican Embassy, fundado en los años 90 como una colaboración de Pietri con el artista Adál Maldonado.

Éste era una especie de teatro político popular influenciado por Brecht, la pedagogía crítica de Paulo Freire, y el teatro del oprimido de Augusto Boal, en el cual a los miembros de la audiencia los convertían en participantes y los instaban a enfrentarse al estatus colonial puertorriqueño.
Armada de una caja roja de leche y un sentido de humanidad entrañable, persistió con la temática del exilio, la pobreza y la nostalgia por un Puerto Rico que capaz ya no existe, o más probablemente, nunca existió.

 

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