Fui al 1er Día Nacional del Rock, y todavía no estoy muy claro por qué

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Yo nunca he ido al Choliseo. Ni para ver un juego de basket (lo cual me hubiese encantado), ni a Metallica, ni a un concierto de bachata o reggaetón, o de cualquier otra estrella fugaz montada en su pasada fama que decide pisar Puerto Rico después de sus años de relevancia. No sé, nunca se ha presentado en ese Coliseo alguna banda por la cual felizmente pagaría 30 pesos o más para ver.

Por eso me da pavera que la primera vez que pisé el Coliseo de Puerto Rico José Luis Agreló, haya sido para el llamado 1er Día Nacional del Rock.

Me explico. Yo no tenía ninguna intención de ir a ver ese conglomerado de bandas del rock comercial puertorriqueño que llegaron a sonar en la radio durante mi temprana juventud, o que todavía suenan, no sé. Las respeto como músicos que son, por la fama que han adquirido, de que viven haciendo música y toda la pasión que eso conlleva; pero para los gustos los colores.

No quiero entrar en este debate trillado entre la música comercial y no comercial. El punto es que fui a un concierto al cual no planeaba ir, gracias a dos taquillas de cortesía que le regalaron a un pana por haber trabajado con una de las bandas o que se yo. Y pues, que carajos, nunca había entrado al Choliseo antes, así que lo acompañé.

Al llegar, buscamos las taquillas y fuimos directamente al área de las neveritas de cerveza al otro lado de las escaleras de la entrada. El plan era beber lo más posible antes de entrar, no solo porque me rehuso a pagar $4.50 por una cabrona Medalla de lata, pero también para prepararme, o quizás aliviar la situación en la cual estaba a punto de sumergirme.

Al caminar hacia la entrada, una chica de promoción de alguna bebida se nos acercó y nos preguntó si queríamos sacarnos una foto aguantando una guitarra. Yo le contesté que no gracias, pero si le molestaría el yo sacarle una foto a ella con la guitarra.

 

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No sé, creo que a pesar de todo el awkwardness de estar parado en medio de la acera aguantando una guitarra afuera de un concierto de rock, me quedó bastante smooth la cosa.

Después de pasar la fila para entrar, donde a un niño de 7 años le hicieron subir las manos para chequearle el torso y pasarle la maquinita de detector de metales (¿cuál será el porcentaje de sicarios de 7 años que entran al Choli?), subimos a lo que pareció ser la plazoleta de un centro comercial.

Ver un concierto en un coliseo es una experiencia bien rara. Todavía no puedo asociar la música dentro del modelo de entretenimiento en masa como los son los deportes, el cine o irse de compras. Si pagué un billete para ver a una de mis bandas favoritas tocar, lo menos que quiero estar haciendo mientras tocan es comerme una montaña de papas fritas con chili supreme.

Cuando encontramos nuestros asientos, Ignacio Peña acababa de empezar su set. El nivel de producción que conlleva este tipo de eventos ya me lo esperaba. Pero como quiera me impresionó. Escenario inmenso, mil luces por todos lados y una pantalla del tamaño de la fachada de un edificio de 5 pisos. Ya que en realidad no fui por la música, fue aquella pantalla la cual obtuvo la mayoría de mi atención.

La selección visual de Ignacio Peña varió entre películas de horror (la escena fue de un alien aparentemente torturando a un pobre tipo… lo cual me hizo pensar un poco en mi situación) y otra película de los 70 que no pude identificar. Lo que sí encontré curioso, fue que durante una de sus canciones, las imágenes se volvieron en lo que solo puedo describir como la presentación PowerPoint más elaborada que he visto. Diferentes frases empezaron a aparecer en la pantalla (sí, te obligaba a leer mientras escuchabas letras totalmente distintas), de las cuales solo recuerdo haber captado un mensaje ecológico, quizás. Pero también hablaba del espacio, o colonizar el espacio (había una nave espacial todo el tiempo) y los cosmos y la conciencia humana y los océanos y la tierra, y… estuvo un poco confuso todo. Me sentí como si me estuvieran mansplaining algo importantísimo, y como soy un cabrón humano ignorante, nunca me pudiese haber dado cuenta si no hubiese sido por Ignacio Peña.  

 

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Cuando terminó su set, empezaron los anuncios por la pantalla. Me acordó un poco a ir al cine, donde uno paga para ver anuncios. Por lo tanto, me tuve que recordar que estaba en un evento de entretenimiento general. De repente estar al lado de un Church’s y un Domino’s me hizo todo el sentido del mundo.

Luego le tocó a Fofé y Los Fetiches subirse al frente de la gigantesca pantalla, y por fin pude por lo menos disfrutar un poco del concierto. Aunque no soy fanático fiel de su música, sí la puedo apreciar. Más que el carisma de Fofé y su vozarrón siempre hacen para un buen show.

Pero la gente no estaba para escuchar las canciones de Los Fetiches. No, la gente estaba para escuchar las canciones de Circo. Y fue ahí cuando el público despertó y pareció un concierto de verdad. Vi a mi alrededor a niños y niñas, adolescentes y adultos todos de pie cantando las canciones de Circo, con sonrisas y ojos llenos de emoción.

Siempre he sabido lo queridos que han sido Circo y Fofé para el público puertorriqueño, pero al ver un estadio entero disfrutar tanto esas canciones, sentí la magia. Hasta que Fofé declaró que iba a tocar una nueva, y el público soltó un “ahhhh” en unísono lo cual llenó el estadio entero de una desilusión colectiva. Solo vi una que otra pareja de pie bailar y disfrutar de las canciones en una arena llena de gente sentada. Ahí volví a la realidad, y de nuevo caí en cuenta que estaba en un evento de “entretenimiento”.

 

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Si algo he notado en todos estos años de ir a shows, es que no a todo el mundo le importa un carajo la música. Lo cual entiendo perfectamente. Como todo en la vida, hay ciertas cosas que son inconsecuentes, aquellas que existen sin tener nada que ver contigo personalmente, pero no te molestan. Es más, le haces un lugar en tu vida de vez en cuando, pero no es necesariamente esencial. La música es una de estas cosas. Lo único diferente que tiene la música, es que toca un nervio emocional, algo que puede hasta inexplicadamente documentar el sentir tus alrededores, tu pasado y presente, por medio de una canción.

Después de Fofé y una nueva ronda de anuncios, proyectaron en la mega pantalla otra “presentación de PowerPoint”. Esta vez, se trataba de un compilado histórico de diferentes pietajes y canciones en un timeline documentando “la historia del rock”. Lo que me confundió un poco es que empezó con Elvis y los Beatles (lo cual encuentro sumamente irresponsable de su parte) y cuando llegó a los 80, brincaba a mencionar solo bandas de aquí. O sea, hubo bandas en los 50, 60 y 70 aquí en Puerto Rico, como Los Sonsets, todas las de la Nueva Ola y hasta José Feliciano cuando chamaco, que tocaban rock and roll. Pero pues, la presentación continuó.

Tengo que admitir que no pude identificarme con las bandas a las cuales homenajearon (de nuevo, para los gustos los colores), más que la mayoría ni sabía que existían. En especial las de los 80: hair metal y power pop en el cual no me molestaría indagar un poco más. Pero ya llegando a los 90, todo se hizo más familiar, y más y más distante a la vez. El único suspiro dentro de todo el vídeo fue cuando mencionaron a Dávila 666 y Campo-Formio, lo cual me hizo pensar que por lo menos la producción del evento pensó en algo sobre las bandas de la escena local. Pero eso fue todo.

Basta decir que me sentí como si me hubieran llevado a la escuelita del rock aquí en Puerto Rico. No sé si sentirme más informado, o deprimido con lo que el público general considera “rock”: un género en específico, como la salsa, que se basa en un sonido o fórmula particular, simple, fácil de identificar y por lo tanto, fácil de mercadear. Como la salsa, ahora el rock también tiene su día nacional en Puerto Rico. No sé si este evento está relacionado con lo que tengo entendido que fue la gran guerra cultural de antaño entre cocolos y rockeros… lo único que sé es que quizás tenga que decir más sobre cómo el público en general trata la música, que la música en sí.

Luego del vídeo “instructivo”, le tocó a Vivanativa, y ahí ya no pude aguantar presión. Entre los constantes solos de guitarra, despingues con vientos, y warevel… tuve que pedirle a mi pana que nos fuéramos pal carajo. Después de este reírse en mi cara, salimos del estadio, en dirección a La Bóveda en el Viejo San Juan para ver el show de Desahuciados con Los Ladrones.

Ahí terminó mi noche, parado al frente de una tarima de menos de un pie, en un local acogedor, bebiendo tragos a precios módicos (considerando que es Viejo San Juan), escuchando dos de las bandas nuevas más prometedoras ahora mismo en Puerto Rico. Hablando claro, no preferiría escuchar mi música de ninguna otra manera.

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