Huracán Sta. María: la bofetada “bendita”

Viendo el estado en que está Puerto Rico en estos momentos, sería fatulo y hasta de mal gusto, recordar la portada del periódico Primera Hora la mañana cuando Irma, el huracán más potente que jamás haya cruzado el Atlántico decidió irse para el norte en el último momento. “Isla bendecida”, decía el titular, declarando lo que todos alguna vez llegamos a sentir: la suerte divina de que un huracán de tal magnitud, no nos haya caído en más de 20 años y que quizás nunca nos iba a caer. Porque somos una isla bendita.

A un mes y pico después de María, el huracán más devastador que haya azotado a Puerto Rico en toda su modernidad, todavía se escucha lo de “isla bendecida”. En anuncios con producciones millonarias de programas de televisión matutina, hashtags, en la canción esa de Lin Manuel Miranda a lo Animaniacs; aparentemente, el tener una isla destruida, con familias y municipios enteros todavía incomunicados, corrupción y robos en el manejo de ayudas, agua contaminada, no es suficiente para decir lo contrario. Cada semana más que pasa, tal parece que somos menos y menos bendecidos.

Lo que no sabíamos, es que estábamos pidiendo bendiciones al “dios” equivocado. En Puerto Rico, la gracia sublime no viene de algún ente divino lucha huracanes. En Puerto Rico, la gracia divina llega por aquel otro gran abstracto, tanto en su sublimidad como en su número de creyentes: el capitalismo global de inversión. Si estamos hablando de “bendiciones”, son los inversionistas, los dueños de nuestra deuda pública, y por ende también los dueños del manejo de TODO espacio y servicio público en una Isla en bancarrota, cuyas oraciones han sido contestadas.

Y no, no estoy hiperbolizando o haciéndome el dramático. Las oraciones para que llegara un huracán y azotara la Isla, son literales. En un artículo publicado por el Washington Post, lanzado justo después que Irma rozara a Puerto Rico, se analiza el cómo los inversionistas y bonistas extranjeros se pueden beneficiar por el impacto de un posible huracán categoría 5 en la isla. El artículo empieza con una cita de una inversionista extranjera, o “local wealth manager,” como le dicen. A principios de año le preguntan cómo han corrido las inversiones en Puerto rico después de Trump. “Han ido muy bién… lo único que necesitamos ahora es un huracán,” contesta la muy carifresca.

Por lo tanto, las noticias de cómo una pequeña empresa vinculada a Trump se le haya dado un contrato de 300 millones de dólares para restaurar la energía del país y la reducción de billones de dólares de FEMA por el mismo Trump semanas antes del huracán Harvey (y por ende, el mierdero de respuesta que han tomado cuando les tocó respondernos), en realidad no debe sorprender a nadie. Los discípulos del capitalismo quieren que un gobierno democrático fracase, para que la mano invisible del mercado, tan mediocre como codiciosa, maneje los servicios básicos públicos del país.

Puerto Rico ha sido la paja mental del neo-liberalismo desde que el dueño de una fábrica de cemento, aprovechando el auge industrial de la época, llegó a ser gobernador. Forrando la Isla de cemento con su autopista, aprovechando el desmantelamiento de un tren nacional totalmente funcional, para que los puertorriqueños compraran carros y así darle uso a dicha innovación. Después de María, todos sabiendo lo culeco que Ricky se pone con Trump, se le ve la costura que en su forma de gobernar parece acoplar el mismo oportunismo mercantil a la planificación pública.  

El constante reflejo de capitalismo de desastre entonces se va esclareciendo. En especial, en una isla dirigida cada vez más a funcionar estrictamente bajo el capitalismo global. El huracán María se convierte en la cúspide de un modelo económico que ha acaparado las funciones del gobierno de esta Isla por décadas. Es este mismo modelo, que tiene como herramientas la dejadez institucional, la corrupción, la austeridad y maniobras ideológicas, él que dejó las condiciones perfectas para hacer realidad las oraciones de los inversionistas extranjeros. Implementar la doctrina del shock en nosotros justo después de una catástrofe (el capitalismo de desastre) se convierte en el juguete nuevo de viejas y futuras inversiones para por fin intentar quedarse con todo.

La próxima vez que escuches que Puerto Rico es una isla bendecida, pregunta… ¿para quién exactamente?

 

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