La estadidad y su ballena blanca: una trágica historia de amor no correspondido

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 Entender a una amiga o amigo irracionalmente obsesionado con alguien debe ser de los mayores retos en una amistad. ¿Cómo sacarlos de ese trance, ese estado de convencimiento que su deseo, ese objeto inalcanzable, pare de ser su razón de vida?  

Hace unos días escuché el podcast de Mike Daisey, All Stories are Fiction, donde Daisey analiza una de las historias que mejor ilustran lo lejos que puede llegar una obsesión irracional. Éste se basó en Moby Dick (la obra maestra de Herman Melville y la literatura estadounidense) y su capitán Ahab, el arquetipo seminal del hombre miserable e infeliz, llevado hacia la locura y eventualmente la muerte; no solo la suya, pero también la de su tripulación. Todo por una obsesión de poder vengarse de una jodia ballena.

Lo interesante del análisis de Daisey es como compara a Moby Dick con Star Trek II: The Wrath of Khan. Escrita en dos semanas por un tipo que nunca había visto Star Trek en su puta vida, pero aparentemente fanático de Melville y la literatura alegórica estadounidense. La película se convirtió en una que hasta el día de hoy se considera como la mejor de la famosa franquicia, y hasta de las mejores entre películas sci-fi en general.

Daisey cuenta que lo genial de la película es como el guionista invierte los roles entre la ballena y el capitán Ahab de Moby Dick, otorgándole el rol de Ahab al villano de la película, Khan, determinado en matar al capitán Kurt fuera de todo sentido común, y el de la Ballena Blanca al capitán Kirk, el indiscutible héroe espacial. Este análisis no es estrictamente de Daisey como tal. La película lo hace bastante explícito, enseñado una copia de Moby Dick en el cuarto de Khan, y éste hasta cita las últimas líneas del libro en sus últimos momentos de vida.   

Lo que encuentro interesante es la símil de Kurt como la Ballena Blanca. Muchos críticos literarios han leído a la Ballena Blanca de Moby Dick como una metáfora al imperialismo, una que anda por el planeta, tragando todo en su camino, sin pensar en ninguna consecuencia por sus acciones. La indiferencia que tiene la ballena hacia todo lo que lo rodea, es la actitud que Daisey más asocia con la mentalidad imperialista. Esa indiferencia hacia todos los que sufren su afán colonizador.

Ésta también es la actitud del capitán Kurt, quién hace 15 años dejó a Khan y su tripulación en un planeta que se tornó en un infierno geológico, sin volver a éste ni una sola vez para ver si todo andaba bien. En vez, Kurt siguió con sus aventuras navegando por el espacio, sin pensar una sola vez en todas esas vidas que él personalmente llegó a afectar. Como todo buen imperialista, que lo sigue por ahí. Algo que Khan asocia como lo culpable de toda su miseria. Esa indiferencia de Kurt, enmascarada por su discurso liberal, es precisamente lo que caracteriza la fuerza mitológica del imperialismo “Americano”.

Yo, como puertorriqueño y colonizado, quizás tomé esta caracterización de la psicología imperial estadounidense un poquito más personal que la audiencia general que leyó Moby Dick, o vió Star Trek II. Para el inconsciente colectivo de algunos puertorriqueños, los Estados Unidos son ese objeto de deseo ilusorio, esa ballena blanca que viene, afecta nuestras vidas fundamentalmente, y desaparece; pero siempre manteniéndose presente.

Pero, nuestra obsesión de constantemente perseguir “la ballena” no es para poder matarla, como Khan, en un acto de venganza por parte del colonizado.

No, nosotros estamos persiguiendo la ballena para casarnos con ella. En una de la historias de amor no correspondido más patéticas que me podría imaginar.   

O por lo menos ese parece ser el caso de casi 50% de la población puertorriqueña, aquellos convencidos que convertir a Puerto Rico en el estado 51, no sólo es posible, pero es algo que podemos llevar a cabo si sólo “luchamos por ella”. Luchar, perseguir a ese objeto ilusorio, que no piensa en nosotros ni una centésima de lo que nosotros pensamos en él. Si solo tenemos fe, esa fuerza irracional hará lo imposible posible.

“Luchar por ella”, para todos que se acuerdan, fue el lema grotescamente apropiado por Pedro Roselló de una canción de Ricky Martin para el mundial de fútbol, y lo que sirvió como el grito oficial de no solo su campaña en los 90, pero del estadista mismo. El triunfo de Roselló fue prometer la estadidad, o sea, le llamaban (y le llaman) “el mesías”, por algo. El “elegido divino” para cumplir dicha promesa, él que sacará los frutos de toda una “lucha”.  

Pero dentro de todo ésto, nosotros no estamos considerando la mentalidad imperialista. El hecho que EEUU nunca incluirá a Puerto Rico en su nación, es por su naturaleza misma imperial. Una que tiene que ver más con la ideología fundamental del colonizador (vamos a hablar claro, predominadamente racista), que con sus discursos de libertad, igualdad y el sueño americano (una contradicción inherente dentro su identidad nacional), lo cual nos puede cegar en pensar lo contrario.

Por ende, los estadistas pensar que EEUU va a algún día abandonar su misma naturaleza, la manera con que siempre nos han visto y considerado, es bastante ingenuo de su parte. En otras palabras, que EEUU por fín se de cuenta que quiere compartir su vida con nosotros, ya cae bajo una obsesión de amor patético. Es como si Puerto Rico estuviese en un friend zone de como cien años con EEUU, y cada ciertos cuatrenios gana el partido con el gobernante quien nos va a por fín sacar.

Una cabrona ballena (blanca pa’ colmo), que por su propia naturaleza nunca cumplirá con las expectativas de quien está locamente enamorado de ella; su dominado. Es ella, no nosotros, lo que representamos en “su mundo”, la razón por la cual nunca se va a casar con nosotros, sin importar cualquier acción que tomemos al respecto. EEUU es esa bestia sublime, indiferente a nuestro sentir, algo que no podemos hacer un carajo al respecto.

Y en realidad no culpo a los estadistas. Lo único que ha tenido que decir EEUU ha sido lo mismo de siempre: “Obedeceremos lo que los puertorriqueños escojan”. Ok, ¿pero qué pasa cuando no solo estamos divididos por la mitad sobre al respecto, pero ni podemos lograr la estadidad con malabares parlamentarios como lo fue el último plebiscito? Es como si la ballena se diera la vuelta y nos dijera “ ¡Cógeme, que estás cerca! ¡Lo lograrás si REALMENTE quieres… pero en verdad, no. Por razones que tú, como colonizado, no pudieses comenzar a comprender”.

Si PROMESA y la Junta de Control Fiscal nos han demostrado algo para este año de elecciones, es que la ballena imperialista, tan deseada como peligrosa, ya ha llegado a enseñar sus dientes. Y como quiera, la mitad de nosotros todavía estamos enamorados de ella. Peor aún, ahora viene el hijo del “mesías”, quien bien puede ganar como su padre, usando la misma obsesión de por fin lograr casarnos con la ballena. Y considerando el desastre económico que resultó nosotros seguir esa obsesión irracional, elegimos a su padre, quien explotó el crédito de Puerto Rico y fue de los propulsores de la agenda neoliberal que estamos pagando hoy día con severas consecuencias. Es aquí donde el barco hundiéndose pal carajo al final de Moby Dick se convierte en un cuento de cautela para Puerto Rico.

El seguir ciegamente una obsesión ideológica siempre se torna en malas noticias. Algo que no solo le pertenece a los estadistas, sino a cualquier obsesión irracional (que el ELA sea una forma de gobierno legítimo, por ejemplo.) Lo que sí le pertenece a los estadistas, es la responsabilidad de reconocer el hecho que ellos solo están detrás de algo, que por su propia naturaleza, no nos toma en cuenta como uno pensaría. El imperio “Americano” es una fuerza fuera de nuestra comprensión racional, y por ende, nos lleva a la irracionalidad. 

Por lo tanto, lo único que tienen que hacer al respecto es parar. Tan sencillo como eso. Parar de buscar a eso quien tú no le importas un carajo. Reconocer la futilidad de toda tu “lucha”, cuyas consecuencias (como la privatización, modelos de austeridad, endeudarse hasta las tetas, la gentrificación y ser un oasis de impuestos para ricos estadounidenses) han sido detrimentales para el resto de nosotros, especialmente durante los últimos 25 años. 

Para el otro 50% de la población de Puerto Rico, los estadistas son como ese amigo tuyo que no puede pensar racionalmente porque su obsesión por alguién lo tiene loco pal carajo. Algo que uno no sabe ni por dónde empezar. Pero hay que tratar. Especialmente este año de elecciones, donde dicha obsesión nuevamente puede resultar en que el bote llamado Puerto Rico, elija a un “Ahab” de la vida que finalmente termine de hundirlo.

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