La naturaleza se reconcilia con su asesino

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Nuestro entorno se basa, produce y consume gracias a animales muertos. Cadáveres milenarios convertidos por la industria en no solo la fuente de nuestra energía, pero también en casi todos los objetos y las comodidades cotidianas que nos rodean; desde el pote de shampoo en tu baño, hasta el plato que usas para almorzar todos los días en tu cafetería favorita. 

Obviamente me estoy refiriendo al petróleo, esa plasta negra que nuestra modernidad ha tomado como bastión de la producción humana. Una sustancia claramente asquerosa, tanto por el hecho de que sale de cadáveres, como por lo que produce: basura, la destrucción de nuestro planeta, ah… y guerras, aparentemente eternas para el continuo flujo de una civilización adicta al consumo de la energía y las comodidades baratas. 

Pero, ¿cómo una sustancia tan claramente destructora puede ser la base de nuestra vida moderna? Chavos. Tan simple como eso. Desde el día que se supo que aparte de quemar petróleo también se podía crear cualquier objeto para vender en masa, la industria petrolera se convirtió en la más lucrativa en la historia de la humanidad.

La exhibición Petrofósil por el dúo artístico de Jaime y Javier Suárez, toma como tema examinar aquello que tanto nutre nuestra creatividad industrial y tecnológica, como la destrucción de nuestro planeta. Sus obras se basan en esculturas a base de planchas de metal o cobre, oscuras y opacas, pero a la vez, levemente deslumbrantes si son expuestas a luz artificial. El centro de atención de estas son la representación de fósiles de diferentes animales como peces, lombrices, y hasta lo que parece ser un coquí (dejándonos saber que Puerto Rico no está exento de esta destrucción creativa). 

Éstas son expuestas sobre texturas rudimentarias, que simulan materiales que podrían encontrarse en minas, como minerales y carbón, otorgándoles así un aura de producción industrial a las obras. La disyuntiva entre industria y naturaleza parece ser aparente. La naturaleza muerta es aquella que nutre nuestro entorno de producción, uno que como respuesta mata aquella naturaleza viva. 

Mostrar fósiles aparentemente carbonizados en materiales industriales exponen esta ironía. Es una visión “nihilista”, como dicen en sus propias palabras en el catálogo de la exhibición, un comentario sutilmente potente y confrontativo a nuestro modelo de producción predilecto.

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Pero volviendo al hecho de que el petróleo, aparte de ser el causante de la muerte de la naturaleza (y de las vidas humanas), es también la sustancia que ha convertido a ciertos seres humanos en las personas más ricas de toda la historia. Ésto hace que estas obras tomen un giro un poco problemático cuando se habla de la supuesta intención de conciencia ecológica por parte del dúo artístico. ¿Para quiénes exactamente son estas obras? Tomando en cuenta pasadas exhibiciones suyas, o como todo arte galardonado internacionalmente, la contestación a esta pregunta es obviamente la gente rica: cómplices de la catástrofe, la muerte, la creación del wasteland que los modelos de producción han y continuarán creando. En otras palabras, si eres de las pocas personas que pueden comprar una pieza de arte de varios miles de dólares para adornar tu casa de playa en Dorado, hoteles o guindar en el lobby de tu oficina en Hato Rey, seguramente ha sido por algún dominio directa o indirectamente relacionado con la industria: el antagonista mayor de la naturaleza.

Aquí viene la disyuntiva de hacer arte corporativo con comentarios de resistencia y crítica a los discursos dominantes. Son obras que parecen estar hechas para lograr aliviar algún sentido de culpabilidad en su propietario. El discurso de la conciencia ecológica, por ejemplo, es entonces privatizado, objetificado en una obra de arte para la sala de tu mansión. Este sentimiento es ya un clásico de la crítica al liberalismo (especialmente por pensadores como Zizek, por ejemplo). Se trata de transferir esa culpa, como la destrucción ambiental y el dominio económico, a un objeto de consumo que dicte lo contrario. Es como comprar un fair trade latte en Starbucks, uno que alivie el remordimiento de participar en el capitalismo global.

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Para quedar claro, yo no tengo ningún problema con el llamado “arte corporativo”, ya que estoy consciente de que la gente más asquerosamente rica necesita ver sus “frutos” transferirse en belleza. Es como si estuvieran lavando su dinero con objetos de arte, limpiando la mugre que causó el dominio económico y ambiental, que les ha dado tanto. Pero entonces, tener como narrativa alguna crítica a estos modelos de destrucción, hace que la obra pierda su intención inicial, y se convierta en cómplice (sin mencionar el hecho que este tipo de artista también se lucra de manera absurda al apropiarse de los discursos liberales. Por eso, en cierto modo, Hillary es una artista, me imagino).

El discurso artístico del dúo es uno al cual ninguna persona sensible, fuera de ser un villano en Capitán Planeta, podría estar en contra. Su narrativa y crítica son reveladoras, su comentario crea una conciencia histórica muy necesaria para estos tiempos, al igual que se nota cierto talento en su estética. Pero tomando en cuenta la posibilidad movilidad monetaria de estas obras, hace que la atención que este tipo de artistas le otorgan a comentarios ecológicos, se conviertan en lo que llama Zizek, “objetos sublimes” de consumo por parte de la élite en respuesta a sus modelos de producción, más que exponer una preocupación con alguna meta en específica (por ejemplo, que un porciento de los fondos recaudados vayan a grupos ambientalistas, etc).

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No estoy diciendo que las obras en Petrofósil necesariamente terminarán en lugares de privilegio. La exhibición fue hecha en una universidad privada y abierta al público general. Pero si me dejara llevar por el tipo de público que vi en la apertura, no me sorprendería que estas obras no durarán mucho tiempo en la galería de la universidad. 

Todo esto hace que la destinación final de las obras de Petrofósil (casa de algún millonario lo más seguro) haga que su representación de fósiles como comentario a la petrolera obtenga un nuevo significado. La “reconciliación” con la naturaleza entonces se acerca más a la dinámica de un cazador adornando su casa con bustos de venados. Tal como si fueran trofeos que celebran la muerte y el dominio, al igual que “homenajean” al dominado. En el caso de Petrofósil, los fósiles son trofeos del material de dominio (el cadáver), la fuente de toda riqueza moderna.

Me imagino que el contexto del espacio en donde se encuentran las obras es lo importante aquí. Por ahora se encuentra en un espacio “público” (bueno, casi), donde su comentario pueda ser apreciado por otra gente que no necesariamente pertenezca a la élite del país. O sea, por lo menos no está en un campo de golf en fucking Dorado.

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