A Little Life: hay que leerla para saber qué significa little

Dicen por ahí que la vida no es fácil. La infancia y adolescencia de Jude St. Francis transcurren de una manera que se podría catalogar como difícil. Sin entrar en detalles y pormenores de lo que le ocurre al protagonista de A Little Life, la segunda novela de Hanya Yanagihara y publicada por Penguin Random House en 2015, sí podemos decir que la novela es un tour-de-force que sacude al lector de una manera perceptible, profunda y voraz.

La premisa inicial es relativamente sencilla: la historia de cuatro amigos que se conocen en la universidad y de lo que les ocurre durante varias décadas. Sus vidas se intercalan a lo largo de la obra y cada uno de ellos posee una personalidad multidimensional y compleja. Por otro lado, resulta evidente después de haber leído par de páginas (“par de páginas” es una metáfora, no una constatación literal sobre un texto de poco más de 800 páginas) que el centro neurálgico de la novela es Jude. Lo conocemos a él junto a sus amigos: Willem es un actor semi-frustrado que eventualmente encuentra éxito y fama; Malcolm, criado por padres ricos y de razas mixtas en Nueva York, es un arquitecto con gran pasión por su arte, pero con poca determinación en su vida; JB también fue criado en Nueva York por su madre y otras mujeres de su familia y se convierte en un gran un pintor quien encuentra su musa en esos tres amigos. Todos estos trasfondos diferentes crean interrelaciones fascinantes entre los cuatro hombres.

Cabe destacar que gran parte de la obra se lleva a cabo en la ciudad de Nueva York, pero también en otros lugares de Estados Unidos, Europa y Asia, lo que le añade a la novela un aire cosmopolita y universal. Es en estos escenarios – desde las grandes ciudades del mundo hasta la esquina más insignificante de un baño – en que los personajes principales viven sus vidas.

Nos enteramos que hay un secreto escondido en la vida de Jude, un secreto que impulsa al lector a continuar leyendo, un secreto que, cual Caja de Pandora abriéndose lentamente, nos revela lo tangible que puede ser el sufrimiento humano, ya sea infligido por otros o por nosotros mismos. Más aún: la escritora hace que reflexionemos en cuanto a lo que es el propio concepto de sufrimiento. Yanagihara es muy hábil en el arte de narrar: va dando pistas que nos acercan, poco a poco y con paciencia, al enigma que es Jude St. Francis. Esto lo hace intercalando magistralmente el pasado y el presente del protagonista en una prosa que resulta, a veces, pesada, densa, fluida  – es de esperarse, la historia/vida que narra es todo eso y, al fin y al cabo, extremadamente humana, para parafrasear a Nietzsche. Recuerdo que hubo una parte en que decidí no leer por exactamente cinco horas. Bueno, eso fue lo que me dije a mí mismo… fueron las cinco horas más rápidas de mi vida porque a los 47 minutos y medio ya estaba de nuevo inmerso en la lectura.  Me permito decir: qué rico.

Por otro lado, la escritura de Yanagihara es extrañamente íntima: sentimos algo inefablemente extraño al leer (al presenciar) tanto drama, tanto dolor, tanto cariño y, a la vez, sentimos también el poder de una prosa con los guantes bien puestos, capaz de abofetear y de sorprendernos. En fin, esa premisa inicial que mencioné se va convirtiendo en un encaje complejo y fuerte, una telaraña que abarca un mar de emociones humanas.

Creo que de eso se trata la buena literatura (¿el buen arte?), de hacernos sentir incómodos, de sacudirnos y sacarnos de nuestra zona de confort, de observar la posibilidad de otras vidas, independientemente si son o no ficción. Los protagonistas de Yanagihara comparten sus experiencias, tanto buenas como no tan buenas. A Little Life es una obra visceral, completa, llena de tristeza y de humanidad. A mí me sacudió, espero que a ustedes también.

Luis Muñoz Storer es catedrático del Recinto de Bayamón de la Universidad Interamericana de Puerto Rico.

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