“A mí ni me gusta esta banda”: una guía “práctica” al show local

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El show es uno de esos ritos sociales que demarcan espacios en una comunidad musical. Son espacios que propician el intercambio de ideas, experiencias y drogas dentro de un marco libidinal. Pero para muchos en la periferia, penetrar estos círculos subterráneos puede ser un poco desalentador. Entre la práctica y el papelón, existen unas lagunas que pueden presentarse como obstáculos para los neófitos que andan en búsqueda de nuevos placeres, nuevas experiencias y una nota demente. Por eso se requiere una brújula que pueda ayudar a estos inocentes navegar las profundidades decadentes del área metro. Desde que ponerse (hasta que meterse), les presento una guía práctica para ir a un fashion show local.

El sujeto debe cerciorarse de llegar lo más tarde posible al local indicado. La hora designada del show en el flyer es más bien un estimado de cuando los músicos llegarán. Sabemos cuán angustioso puede ser escoger el atuendo perfecto para sudar y sufrir toda la noche; por eso los organizadores se arman con paciencia y entendimiento en lo que ustedes mojonean consideran sus diferentes outfits. La banda tienen todo el tiempo del mundo (o por lo menos hasta quien esté corriendo la barra los mande pa’l carajo) para esperar ansiosamente la llegada del público. Además, no es como si los integrantes tengan trabajo, una familia o necesidades biológicas que existan fuera del evento. (¡Pendejos!)

El sujeto, tan pronto llega, se enfrenta con la labor técnica de regatear el costo de entrada. La piña está agria, y las noches de jangueo pueden resultar caras, luego de sufragar los costos de alcohol, cigarrillos sueltos y sustancias controladas. Es de suma importancia negociar estos precios astronómicos que los organizadores se dignan a estipular. Expresen sus objeciones hasta que te bajen la entrada de 5$ (capitalistas de mierda) a un precio más ético. ¿No creen que es más justo pagar tres dólares si solo vamos a ver tres bandas? Si los árbitros de la puerta se rinden y acceden, la manera preferida de pago es en billetes de 20$  o rollos de vellones para simplificarle la vida aún más a los que corren la puerta (¿Sabías que estos son bancos rodantes también?). Si con todo y eso TODAVÍA no quieren contribuir a las artes, usa una de las siguientes excusas a prueba de falla para salvarte de la humillación de que sí, eres una rata: “Voy a usar el baño y salgo” o “Solo vine a saludar a un amigo”, o la clásica “Soy el plus-one de tu madre”.

Ya adentrado, el sujeto socializa con los actores de la escena (mírame, ¡usando un término teatral para una comunidad orgánica!). Los que tengan la dicha de asistir a shows frecuentemente, tienden a encontrarse con su círculo de amor y apoyo: ¡sus enemigos! Es de suma importancia preservar la semblanza de que nos llevamos bien, por aquello de simpatía comunitaria. ¿Acaso son las cosas que nos separan, las que nos definen como escena? Si el sujeto tiene la dicha de ser desconocido, este puede toparse con uno de los muchos artistas, pensadores, estudiantes, gestores culturales, bellacos, drug dealers y el degenerado ocasional que estarán más que contentos de conversar con uno a cambio de algo. El baño también es un buen lugar para chismear y compartir recetas de como limpiar sus llaves y finalmente ensuciarlas cuando entren en corrillos de siete personas al baño del Club (Chicas, sabemos que no están buscando sus carros allá adentro).

Finalmente, es imprescindible ser el cliente más insoportable, antes, durante y después de que las bandas toquen. En confianza, beban en exceso porque la idea de un público ordenado y respetuoso no es muy “punk rock”. Incluso, hablen lo más alto posible mientras las bandas toquen. ¿Cómo vamos a saber cuánto te explotan en tu internado en una de esas galerías en la Cerra o cuanto perico te has metido si lo único que se puede escuchar es el ruido de la banda?. Si de veras quieres disfrutar de las texturas sónicas de la banda, el mejor lugar para escuchar es fuera del establecimiento, lejos. Puedes fumar y quejarte con los panas mientras el murmullo lejano de la banda sirve como música de trasfondo. Al fin y al cabo, los artistas y bandas que han puesto tanto empeño en su obra solo quieren ser anfitriones para tu noche de jangueo. Y siempre felicita a los músicos por el show que posiblemente tocaron bien, pero no puedes decir con certeza, porque no estuviste ahí. ¡A nosotros los músicos nos encanta la intimidad humana por más fatua y banal que sea!

¿Qué queda cuando se acaban la música, las mujeres y las drogas? ¡Pues nosotros consumidores por supuesto! El público seguirá janguiando hasta más no poder, agotando todos nuestros recursos físicos por más placer libidinal. Es cierto entonces ese refrán latino ars brevis, vita larga (“arte breve, vida larga” para ustedes plebeyos): en realidad somos nosotros los que asistimos a los shows que definen el proceso y su entorno. Al fin y al cabo, vamos a no enredarnos con la metafísica de gestión cultural, vamos a enfocarnos en pasarla cabrón.

Ilustración por Marcüs.

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