“Pero Pablo… nosotros somos bandidos” : Narcos y la hipocresía neoliberal

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Hay una escena en la segunda temporada de Narcos (la crema de la programación original de Netflix) en donde Pablo se encuentra revisando “el libro que está escribiendo”, como lo pondría su madre. Una autobiografía, las memorias de uno de los narcotraficantes más ricos y notorios que ha conocido la humanidad. Pero este libro no es uno propio. O sea, no fue que Pablo se sentó y escribió 300 páginas documentando sus “aventuras”. Más bien es un scrapbook: recortes de periódicos, fotos, algunos apuntes y otras vainas nostálgicas. Pero al notar su encuadernado de cuero marrón con su nombre grabado en letras doradas, uno pensaría que se trata de una de las obras literarias más grandes del siglo XX. Esto bien puede resumir la esencia simbólica, el mito de quién fue Pablo Emilio Escobar Gavilia.

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Vale la aclaración que cuando la madre de Pablo le pregunta cómo va su libro, éste le contesta solemnemente, “No es un libro, mamá”. Esto ocurre mientras Pablo y su familia están de prófugos, buscados tanto por la ley como por los PEPES, en una situación de vida o muerte. Por primera vez Pablo suena vulnerable. Un hombre caído, que al mirar las páginas de su “libro”, se nota no solo su añoro por su querido fallecido primo y socio Gustavo, pero también su añoro por lo que nunca pudo ser: un hombre institucionalmente reconocido y admirado, presidente de la república de Colombia (no voy a contar spoilers, pero la primera escena del último capítulo ilustra su sueño hermosamente. Pavera en realidad).

Obviamente su sueño, para cualquier persona con uso de razón, es una ridiculez. ¿En qué cabeza entra la noción que un narcotraficante pueda estar legítimamente a cargo de todo un país? Como le dijo su primo Gustavo en una ocasión, “Es que vos no podés ser político. Es que vos no podés andar por ahí pavoneándote o regalándole cosas a la gente simplemente pa’ que te quieran. Nosotros somos bandidos”.

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Pero Pablo no parecía reconocer o importarle mucho esta paradoja, porque para él, la institución, el cómo se mueve un país, se basa en lo que él tenía más que ningún otro hombre en Colombia para esos tiempos: dinero. Y mucho. Se cuenta que Escobar tenía tanto y tanto dinero, que literalmente se le podrían los chavos por causa de moho y ratas, al paso de 1 billón de dolares al año en pérdidas. Y con todo y eso, en algún momento se convirtió en uno de las 7 personas más ricas del mundo.

Por lo tanto, Pablo ya no se consideraba “bandido”. Su poder y alcance financiero, para él demostraba la cúspide de lo que significa ser “patrón” en tiempos de neoliberalismo. Donde el dinero equivale a la grandeza del hombre, y solo grandes hombres pueden estar a cargo de un país. En otras palabras, Pablo reconocía la narrativa del junte entre el capitalismo y el estado, y si uno llega a dominar el capitalismo (hasta globalmente) ¿porqué no el mismo estado? Ambas caras del poder institucional.

Pablo entonces puso en jaque dicha ideología, una que profesa la oportunidad y libertad equitativa para todo aquel que quisiera triunfar en la vida. Una donde los modelos de producción ya no son lo importante (en su caso siendo la coca), sino la cantidad de dinero que estos producen. Una ideología que hace que los estados puedan producir y vender armas, y subsidiar y apoyar compañías igualmente destructoras que las drogas: como el petróleo, la farmacéutica y el capitalismo global, que pueden hasta usar labor de esclavos, sin causar mucho escante por parte de la ciudadanía, siempre y cuando el dinero recaudado también se use para construir escuelas, hospitales, y viviendas. Cosas que Pablo reconoció y también llegó a hacer.

El personaje de Limón, por ejemplo, es uno que se crió en unos de los barrios que Pablo construyó. Alguién que empezó fuera del mundo de los narcos (de hecho, fue contratado porque era un chofer de taxi legítimo sin antecedentes), pero terminó siendo el último a su lado y su más fiel seguidor. Pablo, al ser rechazado por la institución, se convirtió en una institución propia. Tanto, que hasta en sus últimos momentos, sin dinero, él solo con Limón, después de haber perdido su guerra contra Colombia entera, continuó la dinámica de patrón entre los dos. Limón todavía lo veía como la persona más importante del mundo, a pesar de Pablo no tener ni zapatos. El hecho que Limón pasó de ser un ciudadano propio a un sicario, expone la lealtad y fe que tenemos en la institución.

La hipocresía moralista es una que Pablo identificó, y una que Narcos expone claramente, en especial cuando las tácticas de “los buenos” se tornan a la violencia extrema. Pero en términos ideológicos, dicha hipocresía es una a la cual Pablo accedió como la base fundamental de lo que es ser un “patrón”. Por eso es que Pablo le tiene tanto miedo al Coronel Carrillo, su antagónico mayor. Cuando a este lo llaman de España para volver a Colombia para luchar contra Pablo, éste usa tácticas hasta más deplorables y extremas que en la primera temporada: por ejemplo, lanzar sicarios de un helicóptero y hasta ejecutar a un niño. Carrillo conoce el juego de Pablo y trata de utilizarlo en su contra. Pablo entonces llega a considerar a Carrillo como “el patrón” de los policías, alguien igual de poderoso, hipócrita e hijoeputa que él.

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La línea de pensamiento de Pablo sigue un argumento que ya se ha visto en otras películas de gangsters. Por ejemplo, en The Godfather parte 2, después de que un senador corrupto insulta a Michael y a su familia, diciendo como odia su hipocresía en tratar de pasarse como “wholesome Americans”, Michael le responde, “We are all part of the same hypocrisy, senator”. Para Michael y Pablo, ser un hipócrita cae bajo la responsabilidad de ser “patrón”. Donde lo que cuenta es la superficie, no su substancia, una que en sí se convierte en mito tanto para el estado como para el individuo. El dinero, ese objeto sublime, se ha convertido en lo que limpia todo tipo de atrocidades y crea al hombre moderno. Algo que los gangsters probablemente saben más que nadie.

Pablo Escobar bien puede considerarse el niño predilecto, hasta quizás la personificación misma, del neoliberalismo. Por lo tanto, al exigir el respeto e inclusión institucional, no lo considero ingenuo de su parte. Es más bien el razonamiento de un hombre no muy inteligente que digamos (el crear tantos enemigos por el uso de violencia extrema y absurda, construir su propia cárcel y pensar que iba a funcionar, o como le dice su socio Kiko antes de morir, “¡Decidme cómo se siente Pablo! ¡Cagarse en su propio imperio!”) pero sumamente listo y eficaz. Alguien que considera su método solo cómo “son las cosas”, y no equivale a su persona (hombre que ama a su familia, añorando ser presidente de Colombia). Alguién que sabe como se juega el juego, lo que se necesita para ser “patrón”.  Y desafortunadamente, son este tipo de listos los que corren el mundo. Como le dice Limón casi al final, “Imagínate Pablo, si la coca fuese legal”.

El “libro” de Pablo ilustra la paradoja de un hombre quien en su superficie, parece ser un artefacto histórico importantísimo, más grande que la vida misma. Pero al abrirlo, uno nota que se trata de un hombre simple y pretencioso, pero a la vez, alguién que reconoce lo que toma triunfar en este mundo, y más todavía, ser un verdadero patrón en un mundo capitalista. Su “libro” desglosa las apariencias del poder institucional, tanto en términos de su mito de eficaz e importancia, como en la hipocresía sobre cómo se logra y se mantiene la dominancia. Todo es imagen, la sustancia no importa. Como Pablo, algo que nuestros gobiernos también deberían de reconocer.

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