“Puerto Rico me rompe el corazón”: reseña de Nuyorican Basket

El equipo nacional de baloncesto, citando lo que me dijo un amigo hace varios años ya, “me rompe el corazón”. Ver al quinteto boricua llegar a los torneos más importantes de baloncesto (incluyendo las olimpiadas) a través de los años, siempre me ha llenado de orgullo. Pero al igual, verlos dominar en algunos partidos, para luego ser eliminados, es un sube y baja al cual nunca me acostumbro. Cada vez que Puerto Rico participa en un torneo, veo par de juegos que me hacen decir: “¡Puñeta, eso es! ¿Ahora sí vamos a ganar esta pendejá?” Pero la realidad es que no importa que nunca hayamos ganado un torneo grande, aunque si hemos llegado cerca. Saber que una isla de solo 3 millones de habitantes tira un equipo de baloncesto ranqueado entre los mejores del mundo, ya de por sí alivia mi relación emocional con nuestro equipo nacional.

El documental Nuyorican Basket, dirigido por  Ricardo Olivero Lora, y Julio César Torres, apela o todas la emociones posibles que involucran, no solo nuestro equipo nacional de finales de los 70, el quinteto más cangri que hemos tenido, pero también lo que consiste la esencia del baloncesto puertorriqueño como lo conocemos hoy día. Una de las discusiones más interesantes del documental fue precisamente la conjunción entre las dos, siendo la esencia del basket boricua, una que surgió gracias a lo que se vive en la ciudad de Nueva York. Y no me refiero al hecho que la gran mayoría de este equipo nació en esta ciudad. Me refiero más bien por su estilo, siempre callejero (al jugar junto a los negros en los ‘playgrounds’ de la ciudad), al igual que su historicidad: el principio de nuestro método para el resto de los futuros torneos. El de deslumbrar, y hasta dominar, pero por “x” o “y” razón, nunca llegar a la cúspide que nuestro potencial presupone.

La identidad entonces cobra un segundo plano en el documental, a pesar de ser uno de sus mayores ángulos. El hecho que con ese equipo es que conseguimos nuestro flow, al igual que establecer por primera vez a Puerto Rico como una fuerza deportiva internacional, hace el esfuerzo de demostrar claramente que el ser nuyorican es una de las muchas identidades del puertorriqueño creando cultura. Que nuestro baloncesto, al igual que la salsa, fue gracias a los nuyoricans en un diálogo con la isla borincana (es más, uno puede argumentar que ambos, sea la música y el deporte, se han convertido en los bastiones de la puertorriqueñidad). La influencia de la ciudad de Nueva York está enraizado en nuestro inconsciente colectivo, ya que siempre vamos a jugar calle y hermoso el baloncesto, al igual que siempre vamos a tocar y escuchar salsa. La influencia de ciudad la tenemos bien marcada, lo cual con el tiempo se trasladó y evolucionó dentro del vivir, la cultura, aquí en la isla. El documental logra entonces desmantelar la discusión pendeja de si los nuyoricans son puertorriqueños o no. Una hazaña ambiciosa, pero la manera en la que fluye, mediante perfiles de nuestros héroes del deporte y el de mostrar más que simplemente decir, hace que uno llegue a tal conclusión orgánicamente.

Por otro lado, la real emoción del documental fue la de ese equipo en sí, el de los Juegos Panamericanos del año 1979. El equipo por el cual aprendí precisamente de donde surge mi sentir y mi relación personal con el equipo nacional. No estoy hablando del hecho que perdimos la final contra Estados Unidos (un Isaiah Thomas de 18 años nos partió), si no más bien sobre lo que representó ese equipo: un orgullo de nación propia, derrotado por la ideología. Me refiero al hecho de que después de nuestra sorprendente participación en los juegos del 79, se esperaba volver a ver  al quinteto boricua en las Olimpiadas del 80 en la antigua Unión Soviética, los juegos que EEUU decidió boicotear. Romero Barceló, el gobernador de Puerto Rico para esa época, y el comic relief del documental, aparte de mandar a sonar el himno de EEUU antes del puertorriqueño para los juegos Panamericanos, amenaza al prometedor equipo para que no vayan a las Olimpiadas del próximo año. La carifresquería con la cual cuenta éste personaje su rol en tal polémica es asombrosa. Su excusa de que somos “Americanos”, y por lo tanto, debemos de representarnos como “Americanos”, es tan grosera en su falta de tacto como infantil en su retórica. Lo trágico de la situación no es solo que todos los miembros entrevistados del equipo mostraron un profundo arrepentimiento por no ir a las olimpiadas pero también, y hasta más lamentable, el desmantelamiento de un prospecto nacional ante los ojos del mundo. El representar la nación puertorriqueña propiamente frente a otras naciones.

No puedo evitar pensar en otros prospectos nacionales que han sido puestos a su fín prematuramente por razones ideológicas. Tomemos el Puerto de Las Américas en Ponce, por ejemplo, el puerto más grande del Caribe, pudriéndose en moho y desuso. Hecho por el antiguo alcalde de Ponce, su razonamiento sale de prever un futuro donde Puerto Rico esté libre de las leyes coloniales de cabotaje, llenando sus puertos de botes de diferentes naciones del mundo, así haciendo que los puertos de un país llamado PUERTO Rico, le pertenezcan a los PUERTOrriqueños. Las implicaciones de este llamado mega-puerto, como el equipo de baloncesto nacional del 79, son de establecer a Puerto Rico como potencia internacional, algo que pone en jaque discursos y sistemas coloniales.

Lo emotivo del documental, entonces, es cómo logra cubrir de manera sombría todas las implicaciones que tiene un equipo nacional, en especial el de una colonia. Aparte de tener como ángulo discursos de identidad, económicos e ideológicos, el documental no parece tener otro motivo que el de celebrar el potencial de la puertorriqueñidad. Una que en estos tiempos de post-María, no nos caería mal recordar.             

         

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