Stranger Things

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         Mano, ¿la estás viendo, verdad?

         ¡Obvio! Ohmigodohmigodohmigod…¡qué buena está!

         ¡increíble, pero no me cuentes que no la he terminado!

         ¡aaaaahhhhh, yo la vi toda de corrido porque no me pude aguantar!

Desde hace poco más de una semana, no hago más que tener esta conversación con todos los panas que me encuentro o, brincando verja, interviniendo en las pláticas ajenas en torno a Stranger Things. Desde su lanzamiento el 15 de julio en Netflix, escrita y dirigida por los hermanos gemelos Matt y Ross Duffer, es la serie del verano. Punto y se acabó. Ninguno de mis feeds de social media pueden eludirlo – por todas partes, IRL y en la web, Stranger Things arrasa.

No obstante, el estatus de culto al cual parece estar bien encaminado el show, cuando me dediqué a leer reseñas online me topé con que enfatizaban de sobremanera sus influencias, como si éstas desvalorizaran su fuerza. Una crítica característica de éstas (los estoy mirando a ustedes, Vox & IndieWire), típicamente empieza señalando todas las múltiples, multitudinarias influencias a las cuales echaron mano los creadores: que si toma mucho de Stand By Me, que si es puro cliché y las actuaciones son malas, que si E.T. y Alien, que si Spielberg, Stephen King y John Carpenter, que si sólo es imitación y homenaje nostálgico a los 80s y además el monstruo casi no da miedo. Y entonces, calladito, como si le diera vergüenza, el autor del artículo siempre se tira un Galileo, y confiesa: ¡pero es que me encanta, y no pude dejar de mirarla, y me acosté a las 3AM porque tenía que saber qué iba a pasar, y cuando la terminé solo quería empezarla de vuelta!

El asunto del homenaje o pastiche o como quieras llamarle con tono derogativo fue lo que realmente me la peló. Tarantino lleva haciendo verdaderos collage-monumentos de préstamos desde hace años y se le homenajea como genio innovador (capaz porque nadie aún había visto Lady Snowblood o Thriller: En Grym Film). No le zumban epítetos de plagiario o copiete, a menos que el autor sea irremediablemente uncool y fuera de onda. Pero los hermanos Duffer no están consagrados en la conciencia colectiva, y por lo tanto su uso de tropos está abierto al desmenuzamiento.

Ahora bien, en las palabras del mismísimo TarantinoI steal from every single movie ever made”, y Stranger Things está bastante lejos de hacer lo mismo con sus referentes. Toma, por ejemplo, el personaje secundario de Steve, novio arrogante y pendejo a la vela por excelencia. Comienza la temporada como un cliché sin complicaciones, con sus compinches igual o más trogloditas que él, sus ínfulas de Casanova adolescente y chingón, y la escena típica en la cual demuestra violencia contra el héroe tímido y artístico que es Jonathan. Pero los Duffers vieron algo más allá en Steve, quien inesperadamente concluye la serie habiéndose redimido por completo, de forma dulce, graciosa y no traía por los pelos.

El caso es que, en un mundo en el cual cada vez se hace más difícil negar que todo es un remix, la combinación del retro ochentoso, el casting perfectamente acertado (Winona forever!!!  Esos niños!!! Eleven!!!), y los sintetizadores bellísimos y terroríficos de Kyle Dixon y Michael Stein (que componen parte del cuarteto experimental SURVIVE) encontraron su apoteosis en una historia que de alguna manera es un producto original de influencias y convencionalismos amalgamados.

Así que separen un buen bloque de tiempo (confía en mí, vas a querer binge), consigan munchies (mejor si son temáticos) y acurrúquense en el sofá.

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