Un bizcocho llamado Puerto Rico

Hay una escena clásica en The Godfather Pt. 2, donde Michael Corleone se encuentra en una fiestecita de cumpleaños en el techo del Hotel Nacional en Cuba. Fue invitado por un tal Hyman Roth, un viejo mafioso y su principal enemigo/amigo, para ser parte de un pequeño grupo de inversionistas mafiosos Americanos en la Cuba de Batista.

Roth, luego de hacer un pequeño monólogo sobre lo mucho que quiere a “sus amigos,” le hace un pitch indirecto a Michael, quien todavía se ve medio indeciso en poner alante dos millones de dólares. “No hay límites hacía donde podemos dirigirnos desde aquí. Éste tipo de gobierno, sabe cómo hacer negocios […] Lo que estoy diciendo es,” cuenta el viejo con humildad hipócrita, tan pasivo agresivo como maquiavélico, “que tenemos ahora lo que siempre hemos necesitado. Una real colaboración con un gobierno”. Mientras tanto, un mesero cubano corta su bizcocho de cumpleaños en forma de la isla caribeña, y reparte sus pedazos entre el grupo de mafiosos.

Para quienes están bien familiarizados con la expresión “repartir el bizcocho”, especialmente los que han estado viviendo el Puerto Rico post-María, recordar dicha escena debe de romper todos los cojones y ovarios de aquí a Cabo Rojo. Me refiero a los llamados “puestazos”, o sea, el despilfarro de dinero que gana en sueldo fijo “amigos” del actual gobierno; desde el date de Ricky, hasta los miembros de la Junta, sin dejar atrás a la queridísima secretaría de educación, y menos todavía al nuevo director de la AEE. El “repartir el bizcocho” entre nuestros gobernantes es algo que conocemos muy bien. Los dos partidos mayoritarios, han dejado que el sector privado se incruste progresivamente como una infección sin atender, dentro del sector público. La austeridad nos consume más y más todos los días.   

Pero volviendo al contexto de la película, donde vemos decir a individuos extranjeros con mucho dinero y motivos altamente cuestionables, que lo que siempre han querido es tener una relación íntima con un gobierno. Ésto nos lleva a la mentalidad de un mafioso, la manifestación más pura y cruda del espíritu capitalista. Ver como el gobierno de Puerto Rico, donde gracias a las leyes 20 y 22 le otorgan al extranjero un incentivo de pagar CERO impuestos, esto a cualquier persona con éticas dudables le parecería un sueño hecho realidad. Éticas dudables como las que tiene que tener cualquier inversionista que quiera sacarle provecho a la derogación de instituciones y el bienestar público de todo un país en crisis, o hasta el mismo presidente de la junta fiscal.   

Añadir un desastre natural a tal política económica, es como darle “fast-forward” al sueño de tipos como estos. Precisamente ese ha sido el ángulo con la cual Naomi Klein, la autora, periodista y activista canadiense, ha tomado de nuestra realidad post-María. En su corto, pero esclarecedor documental The Battle for Paradise, la autora expone dos posibles futuros para la isla; uno donde la sustentabilidad energética y agrícola beneficie a todos los puertorriqueños, o un futuro donde la austeridad y la privatización convierta a la isla en el paraíso para extranjeros ricos. Basándose en lo que llama la “doctrina del shock’, o capitalismo de desastre, Klein pinta a Puerto Rico como un campo de batalla, cuya raíz cae en la pregunta, ¿para quién exactamente es Puerto Rico?

He aquí la premisa que seguramente también tenían aquellos Cubanos revolucionarios, frente a un gobierno elitista que favoreció inversionistas y mafiosos extranjeros a cambio de su propia gente. Entonces, ahora en Puerto Rico en el 2018, podemos darnos cuenta que nos hemos convertido en la Cuba que ciertos “hombres de negocios” siempre han querido. Sea en Dorado o en Ocean Park (como expuso Klein), en Playuela o el Viejo San Juan… en otras palabras, el sueño de la escoria del mundo de finanzas estadounidenses, lo que no pudieron hacer en Cuba, por fin se está cumpliendo en Puerto Rico.

Por si acaso, no le estoy llamando ‘mafiosos’ a los dueños de nuestra deuda, la junta, ni a los que quieren privatizar escuelas, la AEE, o a los puertocryptos esos que quieren construir una ciudad privada. Solo estoy señalando el pitch de Hyman Roth dentro del contexto de finanzas foráneas con dinero y pasados nebulosos, adueñarse de todo un país gracias al apoyo de un gobierno cómplice. La paja mental del neoliberalismo salvaje.

Mientras Michael come de su bizcocho, le cuenta a Roth lo que vio esa tarde de camino a la fiestecita; un revolucionario abrir una granada mientras grita “¡Viva Fidel!”, llevándose con él a un capitán de la policía. “A los soldados se les paga por pelear,” raciona Michael, “a los rebeldes no.” “¿Que te dice eso?”, pregunta Roth. “Que pueden ganar”, contesta Michael. Obviamente, su intuición resultó ser la correcta. Lo que me hace pensar, que si hubiese esperado dos o tres décadas más, de seguro Michael hubiese soltado esos 2 millones en Puerto Rico.

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