¡Zas! Te comen la patita, chiquitita, chiquitita

Muchos lo celebrarán como un triunfo, como señal de la apertura de Cuba hacia el mundo, como reconocimiento simbólico del legado cultural cubano en el mundo. Ahora bien. ¿Dónde estaban los cubanos? Los habitantes de escasos recursos que viven en las hermosas casonas colindantes a la avenida miraban desde sus balcones, hubo unos (pocos) cubanos locales invitados a ver el desfile con el junte de glitterati internacional y (luego de meses de audiciones y entrenamientos en escuelas de moda) tres modelos cubanas en la pasarela. La mayoría de los habaneros que quisieron ver el show lo hicieron a una cuadra de distancia, tras un cordel de policías. Un vestido promedio de Chanel le tomaría alrededor de 9 años de trabajo al cubano promedio poder comprarlo. El cambio es inevitable y deseable, y no pretendo montarme en tarima a declamar sobre el rumbo futuro que debe tomar nuestra isla hermana, pero debo admitir que mi primera reacción a la noticia (de la cual me enteré, ¡¿dónde más?!, por instagram), fue de incomodidad. Era como un chiste de mal gusto.

Desde las 6:15, la caravana de 170 almendrones transportaba a los invitados y a las modelos desde el históricamente lujoso Hotel Nacional, baluarte de la mafia a la Godfather en décadas pasadas, al Paseo del Prado en la Vieja Habana. Al llegar, se acomodaron en los banquetes de mármol de la avenida, bajo la mirada de grandes leones de bronce, a escuchar al dúo cubano-francés Ibeyi (quizá lo recuerden de “Lemonade”de Beyoncé) que abría el desfile. En plan Al Capone sexy, con sombrero Panamá y escote profundo, la aristocrática Stella Tennant abrió el primer show Chanel en América Latina.

Chanel es, indiscutiblemente, la casa de moda con mayor name-recognition del mundo y sus desfiles son correspondientemente legendarios en términos de calidad de producción y extravagancia barroca. El imperio Chanel se gasta largos cientos de miles de dólares cada año en construir gigantescos carruseles, en transformar el Grand Palais en un colosal supermercado con estantes llenos todos de productos Chanel y en crear un inmenso paisaje submarino en tonos blancos y pastel. Para el desfile cubano, sin embargo, fue una producción un tanto menos elaborada. Estuvieron días, sí, puliendo y brillando el Paseo, instalando iluminación adicional y construyendo una especie de bohío de paja y bambú en homenaje al campesinado cubano (?!); pero, quizá por ser un espacio público en un país enfáticamente egalitario, no fue el espectáculo que suele acompañar un desfile Chanel.

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No es la primera muestra de la inquieta o inquietante infatuación que tiene el mundo de la moda con la isla caribeña. En junio del año pasado, la colección Resort de Stella McCartney (sí, esa, la hija del Beatle), era de temática cubana, completada con dos actores vestidos del Ché y Fidel jugando dominós, bebiendo ron y fumando habanos. En esencia, es el mismo problema con las sempiternas camisetas del Ché que, en su despertar político, compra cada chamac@ en los festivales. La comodificación de personajes icónicos del socialismo o el comunismo o como quiera llamársele está en diametral oposición con los postulados políticos y económicos endosados por dichos personajes.  De igual manera, este desfile usó la Habana como fetiche, como escenografía, como mero paisaje de trasfondo para los selfie con aires subversivos u exóticos, al punto que Harper’s Bazaar tuvo en su portada un artículo en el cual mostraba alquileres de Airbnb cuyos colores hacían juego con la colección Chanel. No hay más que entrar al Instagram de cualquiera de los jetsetters que asistieron para ver la retahíla de fotos montados en los susodichos almendrones, con boinas negras, mojitos en mano y músicos de salsa o rumba de fondo. El problema radica en que ver a Cuba como cuna de un exotismo paralizado en el tiempo es parte de una mirada colonizadora, imperialista, condescendiente, que ignora las realidades del país y las razones, consecuencias y problemas muy reales de su aislamiento histórico.

P.d. Supongo que debería mencionar algo (!) de la colección en sí. Eh! Clásico Chanel bajo el mandato de Lagerfeld: vestiditos volátiles, tweed, y colores pasteles que fueron tornándose brillantes y tropicales a medida que avanzaba la pasarela. La concesión mayor al trópico fueron los estampados de almendrones y una que otra camiseta con texto en español y palmeras. Chanel es siempre Chanel: fácilmente identificable, sempiterno, byword de estilo.

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